Se puede resumir brevemente en dos palabras: AGUA y SUFRIMIENTO.

Había quedado con un compañero del curro duatleta para correr esta media maratón.

De camino hacia Canals ya podía intuir lo que me esperaba: Lluvia. Cielo negro, muy encapotado hacía prever lo peor. Y no me equivocaba.

Tras los trámites de rigor (aparcamiento, retirada de dorsal previo pago de 6 euros) nos situamos en línea de salida y allí me estaba esperando mi compañero de fatiga.

Saludos de rigor y pistoletazo de salida. Todos al mogollón. Ritmo vivo pues Pedro, así se llama mi compañero, está acostumbrado a los duatlones de distancias cortas (no más de 10 km corriendo) y ritmos altos. Le aviso de que voy a 5:30 – 6 el km y me dice que no me preocupe, que tirará de mi. Y vaya si tiró.

Primeros kilómetros vivos, sobre 5, 5:10. Aguantamos. Y el agua que no cesa. Lluvia intensa que no cesa, aunque no había aire. Cuando bajábamos a 6 Pedro me recordaba “ritmo lento” y acelerábamos.

El circuito se puede decir que no tiene ninguna complicación. Recorrido de dos vueltas, totalmente llano salvo por un pequeño repecho del kilómetro 7 al 8. A mitad de vuelta se entra en el pueblo, pasando cerca de la línea de meta, para luego alejarse. Esto endurece sicológicamente. Mención especial tiene el último kilómetro, el cual consta de una recta larga que se hace interminable si vas justo de fuerzas.

El no estar fino y el llevar un ritmo vivo me pasa factura a partir del kilómetro 12 y comienzo a tener un dolor en el muslo derecho que no me deja hasta acabar la prueba. Creo que la lluvia y la humedad han sido las culpables.

Kilómetro 15. Pedro repone fuerzas y el trozo de galleta que me da me sabe a gloria. Empieza a estar tocado y yo, con mi muslo maltrecho también. El repecho del 17 se hace interminable, así como la recta de meta. Pero al final llegamos. 1h 54m 00s. Mi mejor marca del año hasta ahora. Hay que seguir mejorando.